Bachelet, la primera presidenta gay

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La campaña presidencial del 2005 fue la última donde el electorado escuchó los cantos de sirena de la clase política. Luego de eso, la confianza se derrumbaría y el espíritu reformista recorrería Chile con fuerza, marcando la pauta en los medios. Educación gratuita, reforma al sistema de salud, cambio de la Constitución engendrada por Pinochet y, por cierto, derechos para el colectivo LGBT comenzarían a ser portadas de los diarios y a estar en el debate en la sociedad civil.

Sin embargo, la candidata Bachelet, pese a su impronta ciudadana y a ser una bocanada de aire fresco para la clase política, estaba reacia a incluir a homosexuales, lesbianas y transexuales en su discurso. De hecho, en un debate televisado junto a los otros candidatos,  frente a la pregunta si estaba de acuerdo al matrimonio igualitario, respondió: “No estoy de acuerdo con el matrimonio entre homosexuales, entre otras cosas, porque el Código Civil chileno plantea que el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer”.  Poco después, Bachelet llegaría al sillón presidencial y se transformaría en la primera mujer en ejercer la presidencia en uno de los países con mayor fama conservadora en toda la región. La demanda por igualdad de las organizaciones LGBT se diluyó y Bachelet ni siquiera pudo alinear a su coalición de centro izquierda para aprobar una esperada Ley Antidiscriminación, que finalmente vería la luz durante el gobierno del derechista Sebastián Piñera y luego del asesinato del joven homosexual, Daniel Zamudio.

Pero el tiempo no pasa en vano.

Bachelet terminó su gobierno y se puso a la cabeza de ONU Mujeres, un estamento creado por las Naciones Unidas para ir en ayuda de mujeres y niñas en todo el mundo. Regresaría a Chile para dar forma a una nueva coalición de izquierda, ser nuevamente presidenta y llevar adelante una agenda reformista donde el colectivo LGBT estaría, esta vez, completamente integrado.

A poco tiempo de su desembarco, Bachelet instruiría cambios radicales: debate y aprobación de la ley de inclusión en educación, que haría que todas las escuelas y colegios no puedan incurrir en discriminación alguna a la hora de matricular a nuevos estudiantes; una comisión para reformar la Ley Antidiscriminación, considerada un león sin dientes por las organizaciones de la diversidad sexual ya que deja fuera a los crímenes de odio, no cuenta con una institucionalidad gubernamental y no pone al Estado como un garante y propulsor de la diversidad al interior del país. Además de haberle puesto suma urgencia y promulgado el Acuerdo de Unión Civil, instancia que protegerá a más de un millón de ciudadanos y ciudadanas tanto hetero como homosexuales que conviven con sus parejas pero que no han podido o querido contraer matrimonio. El AUC, además, validará los matrimonios igualitarios realizados fuera de las fronteras chilenas, una promesa dilatada por más de 12 años desde que entró el primer proyecto de ley al Congreso.

Al momento de su promulgación, la Presidenta dijo: “Lo que hacemos a través de este Acuerdo de Unión Civil es abrir los brazos de nuestras instituciones que en algún momento se mostraron distantes, incluso desdeñosas, para acoger y proteger a aquellos y aquellas que hemos dejado de lado. Porque las instituciones de la sociedad deben estar al servicio de las realidades de las personas y no al revés”.

Sin embargo, eso no es todo. A la par de estos cambios radicales, la administración Bachelet entró en el debate de una nueva ley de adopción, la cual permitiría que parejas del mismo sexo puedan ingresar al sistema para poder adoptar menores.  A la vez que se puso urgencia al debate de la Ley de Identidad de Género, otra moción bloqueada por las fuerzas conservadoras al interior del Congreso chileno. Pese a eso, ya se encuentran aprobados los incisos que buscan que mujeres y hombres transexuales puedan obtener su nueva identidad sin pasar por el escrutinio médico y siquiátrico, un espaldarazo a la comunidad más golpeada del colectivo LGBT.

Michelle Bachelet pasó de un apoyo tibio a las demandas del colectivo homosexual a ser una ferviente partidaria. Prueba de eso es su declaración en el marco del acuerdo de la Agenda de Desarrollo Post 2015 en la ONU, donde lamentó que no se incluyera a la diversidad sexual dentro de los objetivos de la misma. Esto porque a pesar de que los últimos cuatro presidentes habían entregado su apoyo a los Derechos Humanos LGBT es primera vez que una mandataria se pronuncia de forma directa.

Suspicacia política, saber leer los tiempos o simplemente haber cambiado de parecer. La presidenta chilena empuja, como nunca antes, con fuerza el carro de las reformas sociales y los derechos civiles para homosexuales, lesbianas y transexuales, una impronta de un Estado moderno que se hace cargo de las diferencias y apoya con decisión la igualdad para todos y todas.

*Periodista, feminista. Fumador de cannabis pero no vendedor de humo. Interesado en las nuevas tecnologías, la ecología militante, la cultura y la vida en los bordes. En la carretera con Thelma y Louis.

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