El cruce fatal: la historia tras el atropello múltiple de Alameda con Portugal

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La taxista Karina Asgmad Valenzuela acababa de tomar un pasajero en la última cuadra de Avenida Portugal antes de llegar a la intersección con la Alameda Libertador Bernardo O’Higgins. Eran las 12:07 del viernes 2 de octubre y tenía luz verde y la segunda pista despejada para cruzar la arteria capitalina y enfilar por ella hasta Ahumada. Cambió al carril izquierdo para doblar unos metros antes de ingresar a la Alameda cuando vio que una camioneta azul Honda CR-V, conducida por Sergio Durán Espinoza (63), pasó a exceso de velocidad sin detenerse en el semáforo que tenía luz roja, de poniente a oriente. Lo siguió con la mirada los cerca de 50 metros que recorrió sin frenar hasta que impactó a tres personas que caminaban por el cruce peatonal de esa esquina. Y los vio volar en el aire.

Los dos primeros, Hans Fritz (27) y Francisco Pinto (29), salieron proyectados sobre el capó y parabrisas para luego caer y arrastrarse varios metros por las dos pistas dispuestas para autos particulares. Quedaron a casi 30 metros de la esquina. La tercera persona, Miriam Sepúlveda (41), se quedó “pegada” durante las primeras fracciones de segundo al parachoques para luego elevarse sobre la camioneta y caer casi 45 metros más al oriente, justo al frente de la entrada sur de la estación de Metro Universidad Católica. Su cabeza quedó apuntando hacia el norponiente.

La taxista echó su cuerpo hacia atrás, inhaló y soltó las manos del volante. Pese a que le temblaban las manos, retomó el control de su auto y logró avanzar hasta la entrada de la Alameda. Cuando se estacionó en el lugar, los cuerpos de las tres víctimas estaban tirados sobre el pavimento. El cuerpo del primero de ellos quedó de costado, con el brazo derecho cruzado sobre la cara, tapándosela, y ambos pies apuntando hacia el poniente. Tenía parte del abdomen a la vista: su camisa estaba a la altura de su pecho y bajo su cabeza había un charco de sangre. Karina no lo reconoció, no tenía por qué. Sólo una hora después, a pocas cuadras de volver a su casa en la comuna de La Florida y aún choqueada por el impactante atropello que le tocó presenciar, su marido le dijo que el cuerpo que había visto volar, roncearse sobre el pavimento y terminar apoyado en el bandejón central era de Hans Alejandro Fritz Manghi, su cuñado.

HANS, MIRIAM Y FRANCISCO

Hans Fritz
Foto de Hans Fritz Manghi.

Durante el funeral de Hans, a Roberto Fritz le mostraron un posteo de su hijo publicado en un blog el domingo 17 de octubre de 2010. Fue cinco años antes de su muerte. Se titulaba “La edad perfecta”.

“Siempre he imaginado mi vida en 10 años más, recapacito y me digo ¿Cuál será la edad perfecta?, algunos dicen luego de tener un título y remuneraciones que nos permitan vivir con comodidades, otros después de tener hijos o cuando se casan, pero yo creo que la mejor edad es ahora, porque no sabemos si tendremos un mañana, esto tampoco quiere decir que tenemos que vivir el día como si fuera el último, sino disfrutar de las cosas que nos da la vida, las compañías, los amigos.”

Tras leerlo Roberto sintió el pecho frío. Había un espacio que sabía ya no podría llenar. Era una mezcla extraña de tristeza, orgullo y tranquilidad.

Días antes del trágico accidente que le costó la vida, Hans Fritz se había matriculado en un Diplomado de Control de Gestión para Profesionales de la Universidad de Chile. Este fue el comentario que posteó en su muro de Facebook: “se siente optimista. Oficialmente sobre endeudado jajajaja”. Tres días antes de morir atropellado tenía su primer día de clases.

Su compañeros aún recuerdan el mini show que hizo Hans minutos antes de salir de la oficina junto a Miriam, su compañera de trabajo en una de las sedes de Coopeuch ubicada justo en la esquina de Lastarria y la Alameda: agitó las manos y hombros como bailando salsa y tarareó una melodía al tiempo que anunciaba que se iba a una reunión. Fue la última vez que sus compañeros lo vieron con vida.

*

Miriam Sepúlveda había acordado junto a su hermana Emma destinar el fin de semana a buscar casa. Hace tiempo quería dejar la vivienda que compartía con su padre en La Florida. Ya tenía ahorrado el pie que le exigía el banco. No quería un departamento, Miriam necesitaba vivir en una casa. Quería tener contacto con la tierra, así se los había dicho a sus familiares. Era una mujer espiritual.

En su escritorio en Coopeuch habían varias piedras como amatistas, cuarzo e imanes para practicar biomagnetismo. Semanas antes del atropello, durante su último cumpleaños, estuvo una semana afuera del trabajo haciendo Sachim, un ritual de meditación en el que se pasan siete días sin hablar con otras personas. Sus compañeros de oficina recuerdan que había llegado feliz. Decía sentirse plena.

Durante el velorio y su funeral, su grupo de amigos la despidió como ella hubiera querido: meditaciones con velas y cantos gregorianos. A su hermana le había comentado que quería dedicarse a hacer todo lo que había aprendido durante sus años de terapias alternativas y no seguir trabajando entre cuatro paredes. Tanto Emma como sus compañeros de trabajo y amigos dicen que cada vez que un cercano estaba enfermo o aproblemado, Miriam les hacía reiki o biomagnetismo para mejorarlos.

Las cenizas de una de sus dos ánforas ahora están en el océano. “Es lo que querría Miriam, que fuera devuelta a la cordillera o al mar”, dice su hermana Emma. La otra se quedó en la casa que compartía con su padre, en La Florida.

*

En Curacaví, a 66 kilómetros de Santiago, Francisco Pinto estaba en medio de los preparativos para casarse con Catherine, su polola hace ya más de seis años y madre de su única hija. Quería hacerlo a principios del próximo año. Por eso trabajaba los fines de semana en lo que sería su casa, en el mismo sitio del domicilio de la familia de su mujer, en la Avenida Germán Riesco.

En la ciudad, Francisco era conocido por el básquetbol. Fue ‘conductor’ de varios equipos, como el Municipal Curacaví o The Foxers. Siempre ocupaba el número 5 y se paseaba por las calles de su zona con una pelota Spalding negra que hace años le había regalado su hermano José. Hoy sus amigos y familiares comparten un logo con la pelota negra y el número 5 en sus cuentas de Facebook y en sus autos.

Tenía planes de independizarse y formar su propia empresa para organizar eventos y banquetería junto a Catherine. Había estudiado Gastronomía en el AIEP y estaba por terminar Turismo Bilingüe en Los Leones. Además trabajaba en el Restaurant El Tambo, ubicado en la esquina de Lastarria con el pasaje José Ramón Gutiérrez. En ese lugar, a escasos metros de donde fue atropellado junto a Hans y Miriam, estaba a cargo de las compras. Ese viernes 2 de octubre iba camino al supermercado Unimarc en Avenida Portugal cuando cruzó por última vez la Alameda.

EL ACCIDENTE

Atropello Alameda con Portugal A1

El Honda CR-V azul que conducía Sergio Durán no frenó en ningún momento. Por el contrario, tras arrollar a Hans, Miriam y Francisco la camioneta siguió su carrera. Se desvió de las pistas para vehículos particulares virando en diagonal, dirigiéndose hacia la vereda sur de la Alameda.

Tras dejar a sus tres víctimas en el piso, chocó a un Nissan sedán plateado que estaba estacionado a la altura del nº 280 de la Alameda, arrancó de cuajo el segundo poste de iluminación desde Portugal al oriente e impactó a otros dos vehículos estacionados para terminar colisionando a un Hyundai Elantra también plateado conducido por el cabo 2º de Ejército Carlos González Bustos.

González fue el cuarto herido. Estaba detenido en la primera pista, a la altura de la entrada a la estación del Metro UC, frente al edificio del Comando de Bienestar del Ejército. Según su declaración, venía por la Alameda en dirección al oriente y pasó momentos antes con luz verde cambiando a amarillo el cruce de Portugal. Se orilló a la primera pista y puso las luces de estacionamiento.

“Y en eso, recuerdo que escuché gritos, miré creo que por el espejo retrovisor y vi a dos personas volando en el aire, de inmediato sentí un fuerte golpe en la parte trasera del automóvil, perdí de inmediato la consciencia. Cuando desperté ya estaba personal de emergencia en el lugar: paramédicos, bomberos, carabineros. Me sacaron con cuello ortopédico y en camilla. Nunca vi el auto que me chocó, solo lo vi por las noticias, ahí supe que el sujeto que me chocó había atropellado previamente a tres personas, luego chocado vehículos de carabineros estacionados en el lugar, luego un poste del alumbrado público y finalmente el vehículo en el que yo estaba”, dice su testimonio.

Tras los seis golpes de la camioneta, el sector se llenó de curiosos. Después de los gritos y el ruido de fierros doblándose, vino un silencio de varios segundos. Otra trabajadora de Coopeuch que cruzó la calle de sur a norte en ese mismo lapso y que ya casi llegaba a la siguiente vereda, giró tras escuchar el estruendo y un llanto. En medio del bandejón había una mujer con su guagua en un coche. Se había salvado apenas. La empresa le ofreció apoyo psicólogico para dejar de pensar en ello, aunque la imagen no se le olvida.

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